El otro día la encontré paseando por mi jardín, entre flores de lavanda.
Llevaba puesto su mejor traje de color naranja (el color favorito de Sergio), lo lucía con elegancia, con su andar pausado, me miró y sonrió. Estaba felíz y radiante. A ella le gustaba especialmente el aroma de mi lavanda, y recorría sus tallos con suavidad, acariciándolos delicadamente a cada paso. La brisa le traía un perfume embriagador, y le atraía hacia las flores moradas.
Se paraba a menudo, subía sin prisa, disfrutando de cada momento, saboreando cada sensación, el despertar de sus sentidos. Se detenía en cada flor para deleitarse con cada forma y color.

La lavanda bailaba con ella al viento y le susurraba cosas al oído, como una pareja de enamorados.

Ella se sentía como en un cuento de hadas, rodeada de lucecitas moradas.
La lavanda bailaba con ella al viento y le susurraba cosas al oído, como una pareja de enamorados.
Ella se sentía como en un cuento de hadas, rodeada de lucecitas moradas.
Cuando se empapó por completo del aroma a lavanda y del espectáculo visual a su alrededor, ella le le lanzó un beso agradecido y voló, a la búsqueda de otros pequeños placeres cotidianos. La lavanda se quedó allí, a la espera de su próxima visita.
Deberíamos aprovechar al máximo la esencia de la vida, recorrerla acariciándola con delicadeza, disfrutándola a cada paso, empapándonos de su sabor, y siempre volando al encuentro de nuevos aromas que nos hagan sentir cada día un poquito más vivos.